domingo, mayo 01, 2016
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Grafitti de Banksy
por José Bustinza

En el título que acaba de leer se ocultan dos enormes falsedades: una que asume que la mujer antes no trabajaba y otra que supone que el verdadero trabajo es por cuenta ajena. Nada de esto parece cierto si miramos a una sociedad tradicional.

En el medio rural, los papeles de ambos cónyuges se parecen y ambos comparten numerosas actividades. En el campo se sucedían las tareas en antelación de lo que habría de venir y ninguna mano era ociosa. Entonces, claro, no había ni-nis.

Es posible además que en el título haya un tercera falsedad: feliz, ¿feliz? Escribió Carlos Marx que la infelicidad del trabajador proviene de que no es propietario del producto de su trabajo. Qué feliz edad -podemos por ello suponer que pensaría- aquélla del campesino dueño del resultado de su esfuerzo. La del que come el pan que su empeño ha logrado rescatar de la tierra y mira al cielo agradecido y confiado en que mañana también lo tendrá a su mesa. Qué idea tan simple.

Hace unos años, un joven economista afirmó que cuando el tipo impositivo del estado es el 0%, su ingreso es nulo pero que cuando es el 100%, también lo es. Con esta sencilla idea intuyó una curva que relaciona ingresos y tipos impositivos que desde entonces informa todas las propuestas económicas de sesgo conservador. Todas y una y otra vez. Entre esos puntos supone (sin entrar en razonamientos teóricos) un máximo y supone igualmente que una disminución de tipos puede aumentar la recaudación. No es teoría, es poco más que intuición económica.

Algo así ocurre en este caso, cuando queremos valorar el efecto de la incorporación de la mujer al trabajo por cuenta ajena. Relacionar ambas magnitudes (renta familiar y acceso de la mujer) como causa-efecto es complicado y es probable que cada factor ayude al crecimiento del otro en un efecto multiplicador. Fue a partir de los años 80 cuando se dio un incremento enorme. Hasta entonces, según las estadísticas, sólo una minoría participaba en el mercado laboral, curiosamente el de parejas de cónyuges de rentas altas. Sin embargo, simultáneamente a ese acceso vemos que la renta salarial empieza a disminuir en términos reales. Así el esfuerzo de adquirir una vivienda se transforma en la epopeya fundamental que dura toda una vida. Pronto fueron las parejas de quienes tienen rentas más bajas quienes se sintieron impelidas a acceder al mercado laboral. Este incentivo brutal que incrementa la población activa empuja los salarios a la baja.

Lo que muestra a nuestra intuición es obvio: para mantener el mismo poder adquisitivo, es necesario que ambos cónyuges se incorporen al mercado laboral. No es una decisión sino un imperativo. Las consecuencias de este “éxito” son múltiples. Una de ellas es permitir que el estado se adueñe de la educación de los hijos. La presencia en el hogar de los padres disminuye. Incluso en los primeros años. Así la tasa bruta de escolaridad en educación infantil y preescolar evolucionó entre 1993 y 2002 del 86,3 al 100%. (Fuente: Ministerio de Educación y Ciencia). Si esto era el objetivo, enhorabuena a “todas y todos”.

No se debe entender en forma alguna que se pueda responsabilizar a la mujer de esta situación. Recordemos que fue el hombre el que trocó primero el hogar por el trabajo por cuenta ajena. En este caso, hay que reconocer que Adán mordió primero. Pobre tonto.

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