sábado, marzo 05, 2016
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por Zippo

Después de tres años de militancia en el Grupo de Propaganda Carlista (GPC) de Pamplona, me piden que escriba estas líneas. Lo hago encantado, con la esperanza de explicar a qué nos dedicamos, al menos una vez a la semana, los carlistas “propagandistas”.

Empiezo con una frase que se escucha bastante entre los teóricos: cada carlista es un general. Este aforismo explica la independencia tradicional de los carlistas. Es una autonomía que hemos sabido imprimir en los entes de la sociedad: municipios y regiones, asociaciones y movimientos de los que formamos parte. Sin embargo, no se nos escapa que algunos esgrimen esta frase para justificar su falta de compromiso. Nosotros, en cambio, estamos a las órdenes de la Junta Carlista de Navarra. De ella recibimos instrucciones y dentro de su plan de acción se enmarca nuestra actividad. El actual presidente de la Junta Carlista de Navarra es don José Fermín Garralda Arizcun. 

Dentro de la Junta hay un vocal de Propaganda, que coordina nuestras acciones. El vocal es joven, aunque experimentado en la calle. La media de edad de la Junta Carlista de Navarra es la más baja de todas las organizaciones carlistas. En la junta hay otros dos jóvenes, menores de 25 años. Se trata del secretario y del vocal de Juventud. El GPC se nutre de jóvenes carlistas, aunque en las campañas a veces se involucran militantes más veteranos.

El plan de acción de la Junta es claro. Se coordina a nivel nacional con la Junta de Gobierno de la Comunión, que establece una consigna. Esa consigna tiene que ver con los temas que defendemos los carlistas: la patria, las regiones, los fueros, la familia, la propiedad, las libertades concretas… En periodos de dos meses, todos los Grupos de Propaganda de todas las regiones trabajan un mismo tema, aunque adecuando los mensajes a las zonas en las que operan. Luego, además, hay actividades regionales que organiza el GPC, como la campaña Navarra, Reino Cristiano; las pegadas de carteles el día de San Miguel o la costumbre de colgar una bandera de España el día de la Virgen del Pilar. Estas campañas regionales son las mejores. 



Tener una Junta detrás es indispensable. Nosotros no somos románticos que se juegan el tipo por qué sí, porque nos excita o porque nos va la acción, sino que trabajamos dentro de un plan concreto. Nuestra actividad es complementaria al resto. Si, por ejemplo, la Junta decide presentarse a un proceso electoral, dentro de su estrategia entra en juego la gente de propaganda, que organiza mítines, lleva el megáfono, pega carteles, reparte octavillas, etc. De eso nos encargamos nosotros. 

A veces, estar a las órdenes de alguien supone desechar opiniones concretas que pensábamos que eran geniales pero luego el tiempo demostró que no lo eran tanto. Esto pasa en todas partes. En las familias, en las empresas y hasta en los equipos de fútbol. Yo soy muy joven, pero supongo que en la vida en general pasará lo mismo. Una de estas veces fue hace dos años cuando de repente todo el mundo se dio cuenta de que el PP no haría nada contra el aborto. Nosotros en Pamplona nos manifestábamos cada día 25 de mes para denunciar la hipocresía de los partidos y proponer públicamente soluciones. El día 25 de septiembre en vez de veinte o de treinta éramos trescientos. Habían venido los que de repente se habían dado cuenta. Una señora de Derecho a Vivir repartió propaganda como si fuera la dueña de la barraca. Nosotros levantamos nuestras banderas. De repente empezaron a llegar tipos a los que no conocíamos de nada y nos pedían que nos  marcháramos, que no querían que defender la vida se identificara con nosotros. Nosotros no entendíamos nada. Teníamos el permiso de la manifestación en el bolsillo, claro. Luego emitimos un comunicado titulado “Respeto por nuestro trabajo”. Entonces nuestro secretario general nos escribió un correo y nos explicó muy razonadamente que la función de la propaganda no era esa; que nosotros no nos quejamos, hacemos; que ante Dios nunca serás héroe anónimo. Luego el tiempo demostró que tenía razón, que no valía la pena gastar fuerzas, porque esos tipos no volvieron y nosotros, cada día 25, nos seguimos manifestando frente al Parlamento de Navarra.

Estamos a pie de calle, aunque hay modos de hacer propaganda muy eficientes a través de las redes sociales o los medios de comunicación. Hasta con listas de correo electrónico se puede hacer muy buena labor. Debemos cubrir estos campos. Para los medios confeccionamos notas de prensa, tenemos un portavoz y enviamos cartas al director. En alguna ocasión, nuestro secretario general a nivel nacional, el también navarro Javier Garisoain Otero, ha estado en la ETB navarra. También ha participado en Navarra TV y en la ETB de Bilbao. Una vez le entrevistaron en Radio María, pero estaría bien que le invitaran a otras tertulias radiofónicas, porque si sólo acuden los representantes de los grandes partidos éstas son más bien aburridas. 


Aunque los carlistas no seamos los tipos más cachondos del mundo, cuando expresamos nuestras ideas en un foro público o en el turno de preguntas de alguna conferencia la mayoría de la gente juzga que somos bastante originales. Luego les decimos que somos carlistas y a algunos no les hace tanta gracia, pero eso es porque hay gente que se piensa que lo sabe todo. Esto no debe desanimarnos, por supuesto. Hay que insistir, con una sonrisa en la boca, escuchando la réplica que se nos hace, porque muchas críticas no suelen carecer de fundamento. Que seamos herederos de la tradición política de las Españas no nos hace más sabios ni mejores ni más guapos. 

En realidad, los carlistas llegamos a muy poquita gente. Y estamos bastante solos. Cuando uno se da cuenta de que está verdaderamente solo es en la calle. Es en la calle, por la noche, con el frío de invierno, en ese momento en el que no no se ve nada y todo está en silencio, cuando uno se da cuenta de que está solo. O no, porque tiene con él a sus compañeros. Lo peor es cuando en alguna casa se enciende una luz y te das cuenta de que se está mejor en casa leyendo un buen libro. En esos momentos, miras al compañero y aunque él no diga nada sabes que está pensando lo mismo. 

Pero en la calle también se aprende. Una mesa de propaganda colocada en un lugar céntrico es una buena ocasión para hablar con la gente. Tú en tu casa puedes leer mucho y pensar que tu diagnóstico sobre el estado del universo es lo más brillante de la comarca, pero la calle supone enfrentarse con la realidad, contrastar puntos de vista y aprender de los demás. Los carlistas estamos para echar una mano, así que conocer los problemas de otros es un deber. Además, siempre hay alguien que se acerca entusiasmado a contarnos que su abuelo o su padre fueron carlistas. A esta gente también hay que llegar, y recordarles que sus familiares luchaban por algo hermoso.



No se liga demasiado militando en un GPC. De hecho, muy poquita gente entiende nuestra labor. Incluso en el seno de la propia Comunión Tradicionalista Carlista hay personas que dudan de la legitimidad de nuestras acciones. Asuntos concretos como la realización de “pintadas” y “murales” no gustan a todos. Pero eso quizá sea porque falta diálogo y no nos hemos explicado bien. Por nuestros vecinos, muchas veces, muchísimas veces, hemos dejado de utilizar buenísimas paredes y lugares para hacer propaganda. Molestar a los demás no es nuestro estilo.


Que haya distintas opiniones muestra la diversidad de la Comunión Tradicionalista, que admite en su seno una democracia interna como hay en pocas partes. Esta característica debemos ponerla en valor, porque nos ayuda a pensar y fortalece nuestras otras capacidades. En realidad, otra cosa que se aprende en la calle es que hay problemas gordos que los carlistas podemos resolver. Tenemos en casa un tesoro que no valoramos lo suficiente. 

Este tesoro los miembros del GPC tratamos de sacarlo a la luz. En eso se puede resumir nuestro cometido. Hay algunos aspectos de nuestra labor que pueden resultar algo espectaculares pero que son bastante fastidiosos: la militancia por la noche, los madrugones para colocar pancartas y banderas o la incertidumbre de llevarse a casa un multazo o una paliza de campeonato. Todo ello lo compensa lo que tenemos entre manos. 



El trabajo de propaganda es vital. Quizá sea de las cosas más humildes que se pueden hacer en el seno de la Comunión, pero detrás de las grandes aventuras siempre ha habido esfuerzos modestos que han sido necesarios. Piensen, yo que sé, en el descubrimiento de América. Fue Colón el que llegó, pero seguro que no lo hubiera hecho sin carpinteros que hicieran sus barcos, secretarios que le abrieran paso en la corte y cosmógrafos pirados que creyeran en su interpretación de la geometría terrestre. ¿Quién se acuerda de ellos? Nadie. Pero ahí estuvieron.

No se olviden de rezar un Padrenuestro por nosotros. Y sonrían con descaro.


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