jueves, noviembre 26, 2015
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por Miguel Ángel Bernáldez

Por soberbia, por despecho, por ignorancia, no sé exactamente por qué, pero están retando continuamente a Dios, fotografían un crucifijo sumergido en orina, se escribe la palabra “pederastia” con formas supuestamente consagradas, se muestra en un vídeo cómo cocinar un Cristo, y un sinnúmero de sacrilegios más. Creen que no pasará nada, piensan en su arrogancia que consiguen un poco de fama a cambio de nada y que retar a Dios no tiene consecuencias. Pues, se equivocan, Dios recoge siempre el guante, eso sí, a su debido tiempo, porque los tiempos de Dios no son los de los hombres.

No hace tanto tiempo vivió en Sevilla un hombre que, de niño y de muchacho, había sido un piadoso cristiano y gran devoto de la imagen de Jesús del Gran Poder. Se trata de una talla en madera policromada de Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario, una de las obras destacadas de la imaginería barroca en España y que goza de gran devoción en la ciudad.

Este hombre vivía una vida sencilla y feliz en un moderno barrio en las entonces afueras de Sevilla, donde junto a su casa tenía un taller de reparaciones hasta que un día, se cruzó en su existencia una negra sombra que lo puso al borde del precipicio de la fe: Los médicos diagnosticaron una grave enfermedad en su hijo, pero el hombre no dejó de visitar a Jesús del Gran Poder pidiéndole que le devolviera la salud del niño. Sin embargó, el pequeño no superó la enfermedad y el pobre muchacho murió. En un ataque de rabia se dirigió, de luto, a la iglesia y se encaró con el Señor del Gran Poder y le retó diciéndole:

–        “Que sepas que no vendré más a verte porque no has querido salvar a mi hijo. Así que si quieres verme, vas a tener que ir Tú a mi casa. “

Pasaron los años y ocurrió que el cardenal de Sevilla organizó unas misiones populares por toda la ciudad y se decidió sacar las imágenes de más devoción y llevarlas por la ciudad, sobre todo a los sitios por los que no había ninguna cofradía. Fue por ello que la imagen del Señor del Gran Poder salió aquel día de procesión y ocurrió que, aunque la mañana se había presentado despejada, a la hora de la procesión, el cielo se fue encapotando hasta terminar con un gran aguacero que hizo que los hermanos de la cofradía del Gran Poder decidieran buscar un refugio para la imagen e impedir así su deterioro. Y lo encontraron, se trataba del taller de nuestro protagonista, allí se dirigieron a toda prisa y llamaron. Extrañado por la llamada fue, acudió y preguntó:

-          “¿Quién es?”
-          “El Señor del Gran Poder”.

Perplejo, abrió la puerta del taller encontrándose delante de él a Jesús del Gran Poder con su Cruz a cuestas.  La emoción le hizo derrumbarse de rodillas llorando ante los pies del Señor, quien, cumpliendo el desafío, había ido a su casa a verle, mientras que le resonaba en su cabeza: “Vas a tener que ir Tú a mi casa”, “Vas a tener que ir Tú a mi casa”…

Esta historia que aquí se cuenta y que parece una leyenda de Becquer, no es un relato de tiempos remotos, ni el personaje alguien legendario. Son hechos ocurridos en la segunda mitad del siglo XX, (1964), y la persona de la que se habla es una persona que fue muy conocida en Sevilla, tanto en ambientes cofrades como en el mundo del fútbol pues, se trata de Juan Araujo, delantero centro del Sevilla hasta el año 1956. Se hizo famoso por ser el delantero que metió el gol que le valió al Sevilla su único título de liga. El barrio donde vivía es el de Nervión y el Cardenal que organizó aquellas misiones populares fue Don José María Bueno Monreal. No es pues algo inventado sino algo real y documentado y que nos enseña cómo a Dios no se le reta en vano, pues siempre recoge el guante, a su debido tiempo, y ya dije que sus tiempos no son los nuestros, pero lo recoge. Que lo sepan todos aquellos que por el motivo que fuere se atreven a retar a Dios.

Juan Araujo fue a hacerle su última y definitiva visita a el Señor del Gran Poder, el 4 de noviembre de 2002, es de esperar que esta vez en compañía de su hijo.

2 comentarios:

  1. Las anécdotas son las maneras de actuar de la Providencia, por medio de las circunstancias aparentemente normales. La fe nos da anteojos para ver entre los pucheros la mano de Dios. Para poder escuchar el testimonio de la verdad hay que ser de la verdad. Juan Araujo lo era, aunque le estirara de las orejas al Señor del Gran Poder cuando le pareció que la voluntad de Dios no coincidía con sus peticiones. ¡Cuántas veces nos pasa eso!

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