lunes, junio 08, 2015
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por Nicolás de Saracho

Frecuentemente se nos recuerda que vivimos en un mundo secularizado. Y es verdad. En medios eclesiásticos se especula cómo podemos vivir nuestra Fe en tales condiciones.

Lo que me mueve a tratar del tema es que veo que se habla de la secularización como un fenómeno más de la historia. Ésta nos presenta muchas fases: las invasiones bárbaras, el Islam, la caída de Constantinopla, los descubrimientos, la reforma protestante, la industrialización, etc. Y la secularización.

Lo que diferencia a la secularización de los demás hitos de la historia, es que en todos ellos ha habido consecuencias positivas y negativas para la humanidad. Las consecuencias de la secularización, todas, han sido negativas para Europa.

Lo que llamamos secularización es una mera apostasía. Europa rompe con su Fe; rompe con sus raíces. La secularización no aporta nada; quita. Y quita lo que es más importante para la vida en sociedad: la conciencia de que los hombres somos hijos de un Dios que nos ha creado y redimido. Que por tanto somos hermanos. ¿Que esa conciencia no dio sus frutos plenos en el pasado? Lamentablemente es cierto. Pero peor es que la hagamos desaparecer.

Las consecuencias de la secularización las tenemos a la vista. No hace falta que las enumeremos cuando la prensa diaria hace referencia a las mismas. La más notables son la pérdida de una identidad y la disminución de la natalidad. La primera da lugar a que los europeos de hoy se dejan seducir por cualquier movimiento filosófico o religioso fruto de las religiones exóticas y falsas. La segunda está originando un vacío que forzosamente ha de ser llenado. Y lo llenarán gentes de otros pueblos ajenos a la cultura europea.

Por todo ello, por lo que de negativo ha tenido y tiene la secularización,  prefiero denominarla por su otro nombre: apostasía. La raíz “a” en griego significa negación. Por eso la palabra “apostasía” refleja el fenómeno mejor que la “secularización”. Esta segunda sugiere algo positivo. La primera refleja la cruda realidad: nada bueno nos ha traído.

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