sábado, junio 06, 2015
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por Alonso de Blanco

La corrupción está más cerca de lo que parece. No hace falta visitar la casa de Rodrigo Rato o afiliarse a un partido político para encontrarse con ella, pues basta con comprobar que cada uno de nosotros somos también un poco corruptos. Esto lo recordaba hace poco un sacerdote amigo mío a un grupo de estudiantes universitarios. Mi amigo sacerdote les animaba a llevar una vida radicalmente cristiana y advertía de que ninguno está libre de la suciedad que anega a nuestra patria. En concreto, mi amigo les decía a estos estudiantes que cada vez que mentimos –aunque sea la más ínfima mentirijilla- nos convertimos en corruptos.

En nuestras propias vidas todos hemos experimentado los males que acarrea la mentira. La mentira deshace los lazos de amistad y corrompe la comunidad. La mentira destruye el amor y esclaviza al hombre. La consecuencia es terrible, pero cierta: cuando alguien nos miente resulta muy difícil volver a confiar en él. La mentira es tan mala que incluso los modernos han pretendido construir su percepción de la realidad, más falsa que Judas, en base a la mentira. “Las apariencias engañan”, dicen. Frente a esta idea, recuerdo ahora que un profesor de Filosofía, interesado en que comenzáramos a buscar la verdad, nos hacía repetir a sus alumnos: “Las cosas son lo que parecen, las cosas son lo que parecen, las cosas son lo que parecen”.

La mentira, si no se para a tiempo, crece sin remedio. De lo micro a lo macro. El efecto bola de nieve de la mentira lo vemos muy claramente en el asunto, denunciado en varias ocasiones, de la secta Yunque. Perdónenme si vuelvo sobre el caso, pero es muy ilustrativo. El Yunque utiliza la mentira. No sólo como método para ocultarse sino también como medio de acción. Incluso se mienten también entre ellos. Sus jefes les proporcionan información falsa, sin saberlo el yunquero de a pie, para que si algún día deciden dejar la secta y “cantan” contaminen la información buena de que disponen. De esta forma, pueden llegar a pensar que tal persona es compañero suyo de caperuza, cuando en realidad no lo es. Y si lo piensan ellos, imagínense la gente normal que ve cosas raras pero no sabe a dónde apuntar con el revólver. Todos sospechamos de todos. Sus mentiras comenzaron con nimiedades y hoy son un motivo de honda preocupación hasta para los obispos. El Yunque está corrompiendo la actividad social de las diócesis y paraliza (otro de los efectos de la mentira) la militancia de muchos católicos.

Llegados a este punto, y sin ánimo de ponernos nostálgicos, muchos recordamos cómo nuestros abuelos valoraban la lealtad y la nobleza. Quienes se mantenían en la verdad y despreciaban la mentira eran admirados. Por eso se tenía cariño a los carlistas, que llamaban “al pan, pan y al vino, vino” con contundencia. Si había que ponerse en pie para dar la cara eran los primeros en hacerlo. Hay quien ha visto en ello el espíritu de la caballería medieval. En realidad, más allá de similitudes con otro tiempo, a los carlistas les bastaba con saber que la mentira ofende a Dios. 

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