sábado, marzo 01, 2014
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La razón de ser de la monarquía cristiana podría resumirse en dos funciones complementarias: hacer justicia y arbitrar; cuidar de que cada uno tenga lo suyo, y de que cada uno sea responsable de lo suyo. Para ello, un rey de verdad, debiera ser capaz de mantener firme el timón por encima de divisiones, partidismos y políticas cortoplacistas. ¿Será esto lo que nos ofrece la triste dinastía que viene de aquella niña Isabel? No, por cierto. El mandato de don Juan Carlos que ahora concluye ha renunciado desde el primer momento a la justicia y a la libertad. Ha sancionado un estado de cosas, y una legislación, que no es justa. Ha presidido un periodo en el que los lamentos histéricos en contra de la pasada dictadura militar no han conseguido acallar la realidad: que cada día que pasa somos menos libres.

Nuestro Ideal monárquico se enfrenta a dificultades aparentemente insalvables. Muchos dudan que pueda llegar a ser realidad algún día. El “...que venga el rey de España a la corte de Madrid” suena cada vez más utópico en los oídos desesperanzados de nuestros contemporáneos. Y sin embargo ese Ideal nuestro es el mismo que alberga todo honrado padre de familia; es aquel con el que sueñan los que sufren las injusticias de un sistema sin corazón; y hasta resulta ser el modelo en el que se inspiran -cuando quieren representar un gobierno justo- el arte, el cine y la literatura. De todo esto hablamos -entre algunas otras cosas interesantes-, una vez, más en AHORA información. De las razones por las que nos declaramos monárquicos. Posiblemente los últimos monárquicos... O tal vez los primeros.

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