sábado, octubre 04, 2014
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Por Carlos Ibáñez Quintana

Hoy, fiesta de San Francisco de Borja, me ha venido a la memoria una historia que me contaron en mi juventud.

En el grupo carlista de Bilbao al que me incorporé, había un señor de quien aprendí mucho. Tenía dos hermanos frailes en la Argentina. Y uno de ellos le había contado el episodio que relato. Que, a su vez, él había recibido de un anciano hermano en religión.

El religioso en cuestión, había atendido espiritualmente en sus últimos días a un antiguo oficial carlista. Se trataba de un aristócrata, descendiente de San Francisco de Borja, militar de carrera. Con tales antecedentes, descendiente de un santo y militar con conocimientos de su profesión, los carlistas le recibieron con los brazos abiertos. Tuvo acceso a la persona del Rey. Lo que no sabían los carlistas es que se trataba de un masón.

El encargo que llevaba de la secta, era conseguir de D. Carlos que se prohibiera a los voluntarios portar sobre el uniforme signos religiosos. Especialmente los “detente”. También el rezo del Santo Rosario, práctica común en todas las unidades, especialmente durante las marchas.

Alegaba como razón la prohibición, vigente en los ejércitos, de portar insignias sobre el uniforme, fuera de las reglamentarias indicadoras del grado y de las condecoraciones. Respecto al rezo del Santo Rosario, lo reputaba como algo mujeril.

No tuvo éxito. De haberlo tenido, podemos imaginar lo que hubiera supuesto en un ejército formado por voluntarios que habían acudido a defender la Bandera de Dio, la Patria y el Rey.



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