domingo, septiembre 14, 2014
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Por lo que parece y ha comentado la prensa, el gobierno de Rajoy habría decidido retirar la llamada “ley del aborto” que preparó el ministro Gallardón, prevista su aprobación para comienzos de este curso. Una ley inicua que, como recordábamos en marzo, en el número 127 de Ahora Información, iba a suponer la primera en toda la historia de España en la que se despenalizaría por completo a la mujer que provocase la muerte del hijo en su vientre, cualquiera que fueran las circunstancias, los plazos o supuestos.

Habrá quien se escandalice de esta frustración del proyecto de avance en la siniestra cultura de la muerte. Se querrá vender como el fracaso de la causa pro-vida, pero será la de quienes engañándose y engañando apoyaron el anteproyecto. Por ello nos urge volver a situar las cartas sobre la mesa de la causa pro-vida y afirmar nuestros principios básicos con mayor fuerza si cabe, para que a partir de ahora nunca más se vuelva a confundir la verdadera defensa de la vida con sucedáneos macabros como los de la ley Gallardón.

La defensa de la vida es su defensa desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Si la vida del niño por nacer es el primer derecho y presupuesto de todos los demás ésta ha de prevalecer sobre cualquier otro derecho subjetivo o social. Los plazos o los supuestos no son sino quiebras profundas en los pilares de toda sociedad hasta convertirla en salvaje. En la defensa de la vida de los no nacidos no se deben ni se pueden permitir componendas que permitan la muerte de un niño en el vientre materno, ya sea mediante leyes aparentemente restrictivas que en base a un supuesto de laboratorio despenalicen algún supuesto ni, mucho menos, las que sometan la seguridad del niño al transcurso de unos plazos que, mayores o menores, siempre serán arbitrarios. Sólo nos vale la abolición total.

Rechazamos por ridículos y débiles todos los argumentos que, en aras de un supuesto –falso en verdad- realismo o pragmatismo, admiten leyes parciales bajo el alegato de que “siembre habrá abortos”. También ha habido siempre robos y asesinatos –y los hay- y no veo que nadie, salvo tal vez algún ladrón o algún asesino, reclame supuestos de despenalización (salva siempre la doctrina de la legítima defensa o extrema necesidad, aunque sólo el pensamiento débil puede confundir los planos). 

Hasta que todo niño se encuentre a salvo en el vientre de su madre y la maternidad sea reconocida en toda la sociedad como uno de los dones más sagrados y elevados de los que dispone la mujer, la sociedad no será sino bárbara.

Estimamos toda colaboración y alianza con quien quiera sumarse a la lucha contra la barbarie del aborto. No estimamos, es más: rechazamos enérgicamente, supuestas y pusilánimes estrategias de unión bajo la silenciación y ocultación de los fundamentos de una férrea defensa de la Vida, y en especial aquellas que pretenden excluir la proclamación de la trascendencia de la vida humana y la autoría y reinado de Dios sobre ella. Sabemos que la defensa de la Vida es una cuestión también de derecho natural y no requiere necesariamente la fe católica para defenderla, pues la razón no oscurecida lo reconoce. Pero sólo bajo una concepción muy pobre de la libertad se ha de considerar la confesionalidad como un factor de desunión si de lo que se trata es de defender la vida del niño no nacido. Si de unir esfuerzos se trata, muy desnortada es la estrategia sincretista. En todo caso, sería inútil desconocer u ocultar que la práctica totalidad de quienes en España, hoy, defendemos la vida somos católicos y que ahí encontramos nuestro fundamento a su defensa. Por eso, a pesar de presentarse bajo máscaras aconfesionales, causa irrisión en los enemigos de la causa los frentes que ocultan lo más íntimo de sus convicciones para tratar de “convencer” con los meros argumentos de la razón natural. Estimamos mucho más “eficaz” la honestidad, la claridad, la verdad y la sinceridad en nuestra identidad católica, sumando eso sí, cuantos más y verdaderos argumentos sean necesarios en esta lucha, también, por supuesto –y son necesarios- los de la razón natural.

Finalmente, no podemos sino denunciar la mentira de toda declaración aparentemente Pro-Vida desde el Partido Popular –incluso de escisiones “conservadoras” de reciente aparición y electoralmente fracasadas- toda vez que para quien haya estado atento habrá comprobado su historial pro muerte, ya desde que Fraga en 1986 prometiese mantener –como así fue- la primera ley del aborto. Por tanto, la noticia reciente de la retirada de la ley no nos sorprende, porque tanto en su intento de aprobación como en la de la retirada no subyacen principios sino intereses electorales o, a lo peor, anti principios.

Jorge P. Iglesias
Delegación Carlista de Vida y Familia

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