jueves, mayo 08, 2014
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por Carlos Ibáñez Quintana

El papa Francisco en su visita a la favela de Varginha (Brasil)
Agência Brasil. CC Atribution Brazil 3.0 License

Fe y bien común

50(......) No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de la fe construye para los hombres una ciudad fiable.

51(...) la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia del derecho y de la paz (.....) La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena de los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres (......) Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.

Luz para la vida en sociedad

54. (.....) la fe ilumina todas las relaciones sociales. (....) En la “modernidad” se ha intentado construir la fraternidad universal entre los hombre fundándola sobre la igualdad. Poco a poco, sin embargo, hemos comprendido que esa fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamente último, no logra subsistir.

(.....) Gracias a la fe hemos descubierto la dignidad única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo (......) En el centro de la fe bíblica está el amor de Dios (........) Cuando se oscurece esta realidad, falta el criterio para distinguir lo que hace preciosa y única la vida del hombre. Éste pierde su puesto en el universo (.......) renunciando a su responsabilidad moral, o bien pretende ser árbitro absoluto, atribuyéndose un poder sin límites.

55. La fe (.....) nos enseña a identificar formas de gobierno justas, reconociendo que el poder viene de Dios para estar al servicio del bien común.

(....) Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos sólo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida. (.......) ¿Seremos en cambio nosotros los que tendremos reparo en llamar a Dios nuestro Dios? ¿Seremos capaces de no confesarlo como tal en nuestra vida pública, de no proponer la grandeza de la vida común que él hace posible? La fe ilumina la vida en sociedad.......

Hemos sacado estos párrafos de la Encíclica para que nuestros lectores comprueben cómo en la enseñanza de la Iglesia sigue permanente el rechazo al liberalismo.

El Papa Francisco no emplea el término “condenación”, pero rechaza las doctrinas erróneas en que se basa el liberalismo. Ha abandonado el tono autoritario de los Pontífices que ostentaban el poder temporal, pero emplea la misma contundencia en declarar funestas, perjudiciales para el bien común, las doctrinas que nos impuso la Revolución y que hoy tantos católicos nos quieren presentar como salvadoras. El Papa no habla sólo desde la doctrina; se basa en la experiencia, cuando nos dice que la fraternidad liberal, basada en la igualdad no logra subsistir.

En medios liberales que se confiesan católicos, se insiste en que el liberalismo no es pecado. El Papa no usa el término pecado, pero nos expone los males que sufre hoy la sociedad por haberse apartado de Dios y nos increpa preguntando si seremos capaces de no confesar a Dios en la vida pública.

¡Santo Padre! Los carlistas, como hombres pecadores, tenemos muchos fallos. Pero seguimos confesando a Dios en la vida pública. ¡Lo confesaron nuestros padres y lo confesaremos hasta que Él nos lo permita!

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