domingo, septiembre 01, 2013
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“El poder corrompe” afirman con resignación tanto los angelistas como los cínicos. Y con eso parece que pasan por alto que en este mundo imperfecto el quid de la cuestión está en los grados. No es lo mismo la pequeña que la gran corrupción. No es indiferente que el político corrupto sea la excepción, o el caso raro, que un estado de avaricia desenfrenada como el que padecen nuestras Españas. No es igual tener un sistema basado en el sentido común que uno fundado sobre voluntarismos y caprichos ideológicos. Y así, cuando buscábamos cómo sintetizar nuestra crítica global a un sistema corrupto nos hemos encontrado con este texto de Leonardo Castellani con el que completaremos hoy estas líneas:

“Todos los sistemas políticos son corruptibles, y no hay ninguno infalible; pero el sistema de la demogresca actual es corrupto porque yace un error en su fondo. La misma Monarquía Cristiana se corrompió; aunque duró diez siglos y construyó Europa. La Iglesia había desinfectado el ejercicio del poder, como desinfectó con el matrimonio la otra concupiscencia. O mejor dicho, es la misma concupiscencia quizás; o sea, el desplazamiento del punto de gravedad del amor en el hombre hacia el Símismo, cuerpo o alma, en lugar de lo que está arriba del hombre. Cualquiera que sea su causa, eso existe manifiestamente, esa torción en la natura humana que no escapó ni a los ojos de los paganos Platón o Aristóteles.

No sabemos si algo como la antigua Monarquía Cristiana retornará al mundo; puede que no. Absoluta teóricamente, ella tenía cuatro topes políticos, que eran al mismo tiempo sus columnas: los Gremios, que tenían el dinero; la Universidad, que tenía el saber -y la opinión pública y el periodismo digamos-; la Magistratura, que tenía las leyes; y la Iglesia, el poder espiritual. Éste germinó con naturalidad desde Luis el Pío hasta Luis XIV, pasando por Luis el Santo en Francia; durante la larga y aventurosa Reconquista en España; por evolución vital y no por un papel escrito en una asamblea de charlatanes y bautizado “Constitución”.

Mucho podríamos reflexionar y escribir sobre la corrupción política. Algo de ello hacemos en las siguientes páginas de AHORA, pero ya verán cómo tampoco dedicaremos a lamentos y condenas más espacio del imprescindible. Más allá de la corrupción hay vida. Hay esperanza.

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